 Foto: Fundación Semana
La cancha de El Salado es ahora un camposanto. El 18 de febrero de 2011, en un acto de memoria, toda la comunidad salió a lavar las losas de ese lugar, otrora de recreación y ocio, convertido desde el año 2.000 en escenario de la barbarie. Allí, en esa chancha murieron 38 personas brutalmente asesinadas, y la sangre regó el cemento. Ahora nadie podía pisar ese lugar sin sentir algo de profanación a las víctimas, sin sentir que pateaba un poco el recuerdo de los que no sobrevivieron. Por eso la cancha se ha convertido en un lugar simbólico de resistencia y en un homenaje a los caídos.
La limpieza de las losas, y la posterior reserva de este espacio como un memorial, es parte de los cimientos sobre los cuales se está construyendo la Casa del Pueblo, o casa de la cultura, el proyecto bandera de la Fundación Semana en El Salado. Simón Hosie, el arquitecto que diseñó La Casa, en un diálogo con la comunidad, entendió que no se podía construir sobre lo destruido sin más. La construcción de un espacio para la comunidad es más que una obra de infraestructura. Es un acto de reparación y de dignificación de la vida, y por eso en sí mismo, es un acto de sanación y resilencia. Por eso se pensó que un ritual donde el agua, que es el símbolo universal de la transición, del movimiento, sería un elemento central para unir pasado y presente, presente y futuro, dolor y esperanza, muerte y lucha.
Así lo entendió toda la comunidad. Niños y viejos, mujeres y hombres, con manguera, con baldes, descalzos o con botas pantaneras, sin televisión, sin testigos, en un acto colectivo que unirá más aún lazos de amistad y camaradería. Al lado de la cancha, se está erigiendo La Casa del pueblo, con sus ranchos para el solaz y el arte. Así aunque la reconstrucción de El Salado parezca algo eminentemente físico, por dentro empieza a tejerse nuevamente el sentido de comunidad, de la confianza en el otro, al recordar que el pasado, y el porvenir son destinos compartidos.
Martha Ruiz Periodista de Semana
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